Lugares

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Se revolvió entre las sábanas, en un vano intento de que el sueño hiciese acto de presencia. Intentó calmarse e intentar no pensar en nada en específico, pero fue inútil, su cerebro había despertado completamente.

Respiró hondo y abrió los ojos. Lo primero que notó fue que todo se encontraba oscuro, por lo que no había amanecido. Mientras pensaba en aquello, se frotó los ojos con su mano, intentando alejar los restos de sueño, entre frustrada y cansada. Era increíble lo mucho que le costaba dormir de corrido en una cama que no fuese la de ella, sobre todo los primeros días. No había manera, cuando se acostumbraba ya tenía que marcharse de allí. Era una de las maldiciones que tenía en cada viaje que realizaba. ¿Le pasaría a muchas personas? pensó, mientras estiraba el brazo hacia la mesita de luz, en busca de su celular. Se encontraba tan dormida, que estuvo a punto de caérsele al suelo, pero sus reflejos se lo impidieron. Que suerte, volvió a pensar, que si no hubiese despertado a algunos con el ruido y, conociéndolos, no iban a estar muy contentos.

Prendió la pantalla y, automáticamente, entrecerró los ojos al sentir la luz. Eran las 6 am. Suspiró. Al menos faltarían algunas horas hasta que todos decidiesen hacer acto de presencia levantándose. Se incorporó, acomodándose el pelo para su costado derecho con su mano izquierda, y se sentó en la cama, balanceando en silencio sus piernas. Decidiendo qué hacer mientras se acomodaba la camiseta del pijama que siempre se le movía un poco al dormir, observó la cama que se encontraba frente a ella, en la que su amiga dormía plácidamente. Al verla, no puedo evitar sentir algo de envidia, era increíble como era capaz de dormirse en cualquier sitio. Ojalá ella fuese así, le ahorraría algunos días de ojeras.

Intentando hacer el menor ruido posible, se levantó y salió de la habitación, llevándose consigo su móvil y su cuaderno, del cual intentaba separarse lo menos posible. A último momento, recordó su lápiz y se estiró hacia la mesita para recogerlo, para luego guardarlo en el bolsillo de su pijama.

Fue hacia la cocina, pasando antes por el salón. Por suerte, había camas suficientes para todos, por lo que no estaría nadie durmiendo allí y, así, no se sentiría culpable por levantarse a esas horas. Igualmente, al entrar, cerró despacio la puerta, entornándola. Pensativa, comenzó a hacerse un café, dudando en si completar su desayuno o no. Decidió que comería más tarde, cuando todos decidieran levantarse, pero el café si que no se lo quitaría nadie. Pero ojo, con leche, pensó, sonriendo para sí misma.

Al cabo de unos minutos, termino de hacerlo y salió de la cocina, llevándose consigo todo a cuestas. Cruzó con paso seguro el salón, frenándose frente al ventanal. Colocando bajo su brazo el cuaderno, comenzó a mover despacio la ventana, haciendo como una especie de malabares en cámara lenta para evitar volcar el café. Al cabo de unos segundos, logró abrirla con el espacio suficiente para poder pasar y salió al balcón. Automáticamente, no pudo evitar estremecerse ligeramente, debido a la brisa matinal. Sin embargo, y a pesar de la hora, realmente no hacía frío, algo muy característico por esa zona en pleno verano.

Dejó la taza en la mesa, junto con su cuaderno, y se sentó en la silla, observando el paisaje. El sol empezaba ya a asomarse por entre las montañas, un poco a lo lejos, y los rayos del sol comenzaron a posarse en los techos de las casas, en todo el pueblo. Subió los pies a la silla y con una mano abrazó sus piernas, mientras que con la otra tomó la taza, estirándose levemente, y dio un sorbo, sin dejar de observar el amanecer.

Todo en silencio. Todo tranquilo. Tanta paz, pensó, y soltó un suspiro. Era tal como lo había imaginado. Desde el momento en que sus amigos habían insistido en organizar un viaje juntos y elegir el lugar y el alojamiento. Desde que, observándolos todos, se había enamorado de este, de su terraza y de sus amaneceres. De ese lugar ideal, el cual le generaría ese momento de paz, de pensamientos que no dejasen de fluir. De ese lugar que daría rienda suelta a su inspiración, con momentos de silencio y vistas espectaculares. Igual a como se lo había imaginado, susurró en voz muy baja, sonriendo ampliamente. Y porque se conocía y sabía que no iba a poder dormir bien, pensó, riendo para sí misma y apoyó la taza en sus rodillas. Por lo menos, si tenía que pasar tiempo sola, lo correcto sería hacerlo en las mejores condiciones posibles.

Tomó un sorbo de su café, dejando la taza en la mesa, para luego bajar las piernas, acomodar la silla y su postura y abrir su cuaderno. Al mismo tiempo que releía algunas notas y sus escritos, sacó el lápiz de su bolsillo y, encontrando finalmente una hoja en blanco, comenzó a escribir. Mientras tanto, el sol ya había superado las montañas.