Acuerdo

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Foto de Laura Tancredi en Pexels

– Mama, por favor, ya deja de hacer eso.. Sabes que el ruido incesante de tus tacos golpeando contra el suelo me pone más nerviosa – Susurró Elisa, apoyando la nuca contra la pared.

Sentada su lado, la madre respiró hondo al escucharla y dejó de mover su pierna. Se hizo el silencio, pero no por mucho tiempo.

– ¿Y te crees que yo no estoy nerviosa? Por tu culpa perdimos el tren.- Murmuró con voz gélida, consultando su reloj.- Si tan solo te hubieras levantado con tiempo, esto jamás habría pasado y ya estaríamos en camino.- Se cruzó de piernas.- Y además, ya sabes bien que no me gusta que me llames así, ya estamos grandes.

– Está bien, Frida.- Masculló Elisa, intentando que no se notase el tono sarcástico de su voz, detalle que, si su madre notaba, sólo lograría empeorar las cosas.- Ya dije que lo sentía, se que no te gusta llegar tarde a ningún sitio, pero es que no habré escuchado el despertador.- Susurró, un poco frustrada. En su interior, sabía que tendría que haber vuelto antes de la fiesta y que no debía de haber bebido tanto como para llegar a su casa y, directamente, desplomarse sobre su cama, olvidándose de todo lo demás. Pero claramente no pensaba admitir aquello bajo ningún concepto.

La madre volteó la cabeza para observarla. Su mirada era dura, carente de la más mínima expresión.- Eso no soluciona nada y lo sabes.- Expresó entre dientes.

Elisa no pudo soportarlo más.- ¡No sé qué es lo que querés de mí entonces! – Soltó, un poco más fuerte de lo que debería. Al notarlo, se sonrojó un poco y dirigió la mirada hacia el frente, evitando el contacto visual.

– Agradece que estamos solas, si no menudo escándalo estarías haciendo, llamando la atención de todo el mundo con tu tono tan alto y agudo.- La mujer se cruzó de brazos de manera algo altanera.- Tal vez deberías ser un poco más como tu hermana Clara, ella sí que sabe como comportarse.

Para toda respuesta, Elisa se levantó frustrada del asiento que compartía con su madre y fue hacia otro, un poco más alejado. Se dejó caer, acomodando su largo cabello castaño para el costado derecho, con el objetivo de esconder su cara y evitar que se notasen las lágrimas silenciosas que corrían por sus mejillas.

El silencio se hizo insoportable, pero al parecer ninguna de las dos tenía intención de ceder. El tiempo pasaba y seguían encontrándose solas. Elisa, evitando mirar a su madre, se dedicó a observar a su alrededor. La estación era de aquellas antiguas, tal como a ella le gustaban, ya que consideraba que poseían más su esencia, a diferencia de las modernas. Los bancos eran de mármol y se notaba el paso de los años en los postes de luz, apagados. Todavía era temprano. Había solo dos carteles, envejecidos también, los cuales mostraban el nombre de la estación. Observó el cielo, pensativa. Como de costumbre, se encontraba lleno de nubes, aunque la temperatura era agradable. Por lo menos, hasta que el sol no bajase.

Elisa suspiró y miró de reojo a su madre, la cual se encontraba prácticamente en la misma posición en la que la había dejado antes de separarse de ella. – ¿Cuánto falta para que llegue el tren? – Murmuró, como quien no quiere la cosa.

– Media hora más.- Respondió, escuetamente, volviendo a observar el reloj que poseía en su muñeca izquierda.- Vaya, si que hace frío..-Susurró para sí misma, mientras se acomodaba el chaleco color marrón sobre sus hombros.

– Sí, es verdad.. – Elisa frunció el ceño, algo extrañada, y se colocó un pañuelo en su cuello.- ¿No escuchas algo? – Preguntó, curiosa.

Antes de que Frida pudiese contestar, el ruido se hizo más acusado. Las dos mujeres llevaron su mirada hacia la izquierda, percatándose en cómo algo se acercaba. Comenzaron a notar el ruido inconfundible de un tren en funcionamiento, para luego observar el humo, a lo lejos. Al cabo de unos minutos, un tren hizo su llegada a la estación y frenó, dando un silbido corto. Sin embargo, este no era como los demás. Era prácticamente anticuado. Por el olor y por su locomotora, podía deducirse que aún funcionaba a carbón, y su estructura distaba mucho de ser uno de los típicos trenes modernos. Pintado de verde y negro, poseía las clásicas puertas de madera corredizas, muy bien lustradas, las cuales daban a escalerillas fijas, también construidas con el mismo material.

Frida frunció el ceño, en el mismo momento en el que Elisa clavó su mirada interrogante en ella. – ¿Acaso es un tren anterior al nuestro pero con otro destino? – Cuestionó la joven, mientras se acomodaba mejor su pañuelo, el frío resultaba ya insoportable.

La respuesta de la madre fue inmediata.- No. Hoy solo falta por pasar el nuestro, no hay ningún otro en el horario del día de hoy.- Se levantó, yendo hacia ella. Su hija la imitó, encontrándose las dos a medio camino.

En silencio, una de las puertas del primer vagón se abrió, lentamente. La figura de un hombre alto, de mediana edad, hizo su aparición. Bajó lentamente las escalerillas y comenzó a caminar, acercándose a ellas.

Las dos mujeres, al notar movimiento, dirigieron la mirada hacia el sujeto. Frida, al reconocerlo, palideció completamente, en silencio. Elisa, por el contrario, corrió hacia él al grito de ¡Papá!, mientras lloraba, y lo abrazó con fuerza. El hombre respondió su abrazo, con una sonrisa triste. No supo cuánto tiempo había pasado, hasta que el padre decidió separarse de ella, lentamente, cuando observó que Frida se había acercado a ellos.

– ¿Qué..? ¿Qué haces aquí? – Susurró incrédula la mujer mayor, sin dejar de observar al hombre.

– Sabes muy bien el por qué, mi querida Frida.- Contestó, mirándola a los ojos.- Hablamos de aquello muchos años atrás, me habías dado tu palabra, y hoy ha llegado el momento.

La mujer palideció aún más, negando con la cabeza.- No, no es posible, creí que tendría más tiempo..- Susurró para sí misma.

Elisa observaba toda la situación sin comprenderla, y no pudo evitar fruncir algo el ceño. Pero decidió, por primera vez en su vida, reprimir esas inmensas ganas que poseía de intervenir y calló, mordiéndose la lengua.

– Las cosas son así Frida, no hay otra alternativa.- Él siguió observándola de la misma manera.- A menos que.. – Susurró, dirigiendo su mirada a la muchacha.

La madre sopesó sus opciones, en silencio. Y, sin decir una palabra, asintió. El hombre la observó con una mirada más triste que su sonrisa, la cual ya no se alojaba en su rostro, e, ignorando a Frida, se dirigió a Elisa.- ¿Quieres acompañarme? – Murmuró con voz dulce, mientras acomodaba uno de los cabellos de ella detrás de su oreja.

– ¿A dónde? – La muchacha lo miró con sus ojos llenos de curiosidad.

– ¿Realmente importa? Lo esencial es que estaremos juntos.- El padre volvió a dedicarle una de sus sonrisas.

Elisa asintió con vehemencia, sin pensárselo demasiado. Quería demasiado a su padre y sabía que su madre jamás la aceptaría.- Ya vámonos.- Susurró, tomando una de las manos del hombre entre las suyas. Dirigió una breve mirada a su madre, la cual solo la miraba en silencio.- Adiós.- Balbuceó, algo cohibida.

– Adiós.- Respondió Frida, sin acercarse.

-Ya nos volveremos a ver.- El hombre clavó los ojos en la mujer adulta, ya separada de ellos, y se volteó, para emprender camino hacia el tren junto a Elisa. Subieron las escalerillas en silencio, todavía tomados de la mano, y desaparecieron al cruzar la puerta del tren. Luego de aquello, la misma se cerró en silencio y el tren comenzó a funcionar.

Frida contempló como el ferrocarril salía de la estación y, sin decir una palabra, volvió a su asiento. Se cruzó de piernas, como siempre hacía y, mientras se quitaba el chaleco, observó una vez más su reloj. Solo faltaban diez minutos para que llegase el tren que la llevaría a su destino. Y pensó que, al fin, podría encontrarse con su adorada Clara.

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