Idea II

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Foto de Eva Elijas en Pexels

 

¿Puede enamorarse una de una idea? Una idea que mide un metro setenta y cuatro. Que posee unos ojos claros de mirada triste y como el agua, que traspasan tu alma al observarte y sientes que te comprenden, porque ya han vivido demasiadas cosas. Que tiene una nariz respingada, una que no se lleva bien con los anteojos y una pequeña cicatriz infantil debajo de una de sus pobladas cejas. Que cuenta con un lunar muy cercano a su labio superior, ese que te resulta irresistible.

Una idea que lleva el cabello tal vez un poco más largo que la mayoría de los hombres y lo suele llevar atado en una coleta desordenada. Una decisión que siempre te resultó divertida, porque consideras que trata de controlar a aquellos rulos que son completamente indomables.

Una idea que frunce el ceño a menudo cuando ciertas situaciones no resultan como él desea. Que realiza múltiples tareas a la vez y siempre, sin excepción, necesita tener algún plan para realizar en el día. Que se muerde el labio inferior cuando comienza a pensar en todas las maneras en las que desearía tenerte y estar contigo. Que le encanta hacerlo por las mañanas y atenta contra tus propios principios de llegar siempre puntual al lugar al que decidas ir. Que cuando se encuentra triste o preocupado por cierto motivo se encierra en sus propios silencios, ajeno al mundo y sin dejar entrar a nadie más. Que disfruta escondiendo su cara en el hueco de tu cuello y suspirar, solo para observar con detenimiento tu reacción. Que, cuando lo desea, puede ser cariñoso contigo, más de lo que a él le gustaría admitir. Y no querría soltarte en todo el día.

¿Puede enamorarse una de una idea? Vuelvo a preguntarme una vez más, aunque sé en mi interior que la respuesta es siempre la misma: Sí. Me enamoré de una imagen de ti que generé en mi propia cabeza, nada más. En la vida real tu comportamiento hacia mí es diferente a como me lo imagino cada día. De hecho, son bastante incompatibles. En mi cabeza, tendrías ciertas actitudes y detalles para conmigo que en la realidad son inexistentes.

¿Cómo llegué a esta situación? Me hago una nueva pregunta pero esta vez no soy capaz de responderla. O tal vez no quiera admitir la respuesta. No lo sé. Mis pensamientos fluyen con rapidez, en un torbellino, y para evitarlo levanto la vista y te observo con detenimiento. En cómo abres la ventana, en cómo te sientas despreocupado en el borde, en cómo armas tu propio cigarrillo con precisión y lentitud. En cómo apoyas tu brazo en el marco de la ventana y comienzas a fumar dando una calada fuerte para luego soltar el humo por tu boca de modo lento, mientras observas a la ciudad a tus pies. Y es en ese momento en el que realizo que, a pesar de que anticipé cada uno de tus pasos en mi cabeza, sé con seguridad que tengo frente a mí a un completo desconocido.  

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